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sábado, julio 29, 2006

ANÉCDOTA: TRABAJAR CON GENTE ESPECISTA



El otro día Oscar, un compañero de trabajo, nos invitó a tomar unas cervezas al finalizar la jornada, a mí y al resto de compañeros. Yo no tengo problemas con la cerveza, y como mantengo buena relación con toda la plantilla en general, accedí. Nos fuimos a un bar cercano y pedimos. Y ahí empezó mi incomodidad.

Para empezar, cada cerveza iba acompañada de una tapa de embutido: chorizo, o algo similar (la verdad es que no me fijé bien), que el camarero puso en la mesa con cara de satisfacción ante el agrado de mis compañeros. Yo no dije nada, ellos ya conocen mis ideas sobre la explotación animal, y me bastó con recordarles que yo no comía eso. No hubo más preguntas, simplemente uno de ellos dio cuenta de la tapa que me correspondía y listo.

Podría haber aprovechado la circunstancia para exponerles más en profundidad mis ideales de justicia y respeto, pero no suelo hablar de ello a no ser que vea a la gente con verdadera disposición de entender, y creo que mis compañeros no entenderían todas las implicaciones que se derivan de este tema ni en un millón de años. Así pues, decidí ignorar el suceso, y saboreé mi heineken.

Pero la cosa no acabó allí. De pronto empezaron a conversar sobre los platos típicos regionales que habían disfrutado alguna vez, como cordero lechal, cochinillo... no voy a hacer la lista de los supuestos manjares que salieron durante el intercambio de experiencias culinarias, pero os aseguro que fueron unos cuantos.

Después de varios minutos ya me encontraba verdaderamente incómodo. No sabía ni donde mirar. No podía creer que tuviera que recordarles que ese tema me incomoda, así que esperé, hasta que al parecer finalmente se dieron cuenta de que mi desagrado, y entonces la conversación cambio. De pronto de pusieron a hablar de mascotas.

Parece que pensaban que yo, como “amante de los animales”, disfrutaría conociendo las manipulaciones a las que habían sometido a algunos, pues eso suele ser habitual entre estas personas, además de ver documentales en La 2. Así que tuve que presenciar el relato de cómo el uno había cazado ratones para alimentar a su serpiente, o cómo tuvo que “sacrificar” a su perro el otro en cuanto enfermó, o de cómo había amaestrado el otro a una lechuza, etc.

Ya no puede aguantar más, así que cogí mis cosas, me despedí y me fui. No sé si habrán entendido el motivo de mi marcha, pero lo que no creo que entiendan es la impotencia que se siente cuando escuchas ese tipo de cosas y sabes que no puedes hacer nada, aún teniendo tan cerca de las personas que ejercen esas discriminaciones.

Me he propuesta la próxima vez que se produzca esta situación mostrar mi desagrado de un modo más visible, pidiéndoles que se callen si es necesario. Prefiero acabar marginado laboralmente antes que sentirme mal por no decir nada.

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