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viernes, junio 09, 2006

DONDE NO LLEGAN LAS PALABRAS



Hoy he mirado por la ventana y he visto el mundo.

Después de esa magnífica y terrible visión, ¿cómo puede uno evitar que le zarandeen las emociones incontroladas? ¿Cómo dejar que algo que te rasga el corazón se quede contenido en una caja de razón y lógica? ¿cómo se puede ser sincero con uno mismo desbrozando la vida de aquello que le da sentido?

He cerrado la ventana.

Me he metido en mi ordenador y me he puesto a escribir cosas, pensamientos de otras personas, muy profundos y difíciles de comprender, que dicen cómo hay que hacer las cosas y por qué. Entonces me he preguntado: ¿Cuánto vale una vida más allá de las palabras? ¿Qué precio puede tener que no valga una mirada tranquila, limpia de otra cosa que no sea respeto y reconocimiento ante algo que es mucho más grande de lo que uno pueda llegar nunca a comprender? ¿Cuánto vale mi vida, mi propia vida, y cuánto vale la de los demás?

He dejado de escribir lo que escribía.

De pronto me dí cuenta de que nada de lo que pusiera carecía de verdadera importancia. ¿Cómo puedo traducir a palabras algo que sale del alma? ¿Cómo puede alguien dejar el corazón a un lado y presentar así cualquier cosa, y pretender un mundo mejor? ¿Qué motivo solvente, contundente, ineludible, existe para poder hacer que abra los ojos aquél que quiere seguir dormido?

No quiero seguir escribiendo.

Hoy ya es suficiente. Me quedo con muchas dudas que espero que resposen en el corazón en lugar de removerse en la mente. Hoy el filósofo duerme. Queda despierto el humano, de carne y hueso, con sus incoherencias, sus preferencias, sus duelos y sus miserias. Hoy habla el ser humano. El animal.

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