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viernes, junio 30, 2006

IMAGEN: ¿BENEFICIO O PERJUICIO?

 

sábado, junio 24, 2006

PATADAS DEL DICCIONARIO



Cuando alguien utiliza un término de modo indebido o comete algún error lingüístico, nunca falta el erudito de turno que le recrimina por haber metido una "patada al diccionario". Lo que a menudo no ven estos eruditos de boquilla es que un diccionario por sí solo también mete sus patadas, al manejar definiciones sesgadas, impropias o discriminatorias.

Buen ejemplo es el diccionario de la RAE y las definiciones que maneja para los animales llamados "de granja".

Como muestra, un botón:

cerdo. (De cerda, pelo grueso).
1. m. Mamífero artiodáctilo del grupo de los Suidos, que se cría en domesticidad para aprovechar su cuerpo en la alimentación humana y en otros usos. La forma silvestre es el jabalí.
2. m. Carne de este animal. Le han aconsejado no comer cerdo.
3. m. coloq. puerco( hombre sucio).
4. m. coloq. puerco ( hombre grosero).
5. m. coloq. puerco ( hombre ruin).

Como se puede apreciar desde la primera acepción, el cerdo se define como un esclavo, un mero recurso. Las cuatro acepciones siguientes tampoco tienen desperdicio: en la segunda se maneja "cerdo" como la denominación genérica de su carne, y para las demás se define como un insulto.

Si la definición para "cerdo" resulta discriminatoria, la definición de "cerda" (de la misma especie que el cerdo, pero de sexo diferente) resulta todavía peor: sólo en la cuarta acepción se la define como "hembra del cerdo". Vamos, que ni siquiera merece una definición independiente. Eso sí, se especifica claramente los insultos a los que equivale:

cerda. (Del lat. setŭla, dim. de seta, pelo grueso).
4. f. Hembra del cerdo.
9. f. coloq. puerca ( mujer sucia).
10. f. coloq. puerca ( mujer grosera).
11. f. coloq. puerca ( mujer ruin).

Esto no se queda en el sus scrofa (cerdo/cerda), a la vaca se la define como "hembra del toro", la oveja como "hembra del carnero", la gallina como "hembra del gallo" (además de "persona cobarde, pusilánime y tímida")…

A menudo usamos el diccionario de la RAE para consensuar acepciones de modo estandarizado, para poder entendernos y saber que estamos hablando de la misma cosa. Pero el lenguaje es dinámico y podemos manejar términos de un modo "no oficial" si creemos que eso sirve para limpiarlos de connotaciones discriminatorias.

Debemos tener presente que el diccionario de la RAE resulta sexista y especista, igual que la sociedad cuyos usos limpia, fija y da esplendor.

 

miércoles, junio 21, 2006

ZARZUELA VEGANA



Navegando por la red he encontrado un curioso fragmento musical que podeis escuchar pulsando en el reproductor sobre estas líneas.

La pieza en cuestión es una invitación al veganismo al más puro estilo zarzuelesco. Resulta curioso encontrarse con que algo tan tradicional como el género lírico típicamente español se use para transmitir algo tan relativamente reciente como el veganismo. En fin, que no he podido resistirme a colgarlo.

La letra dice así:

De noche a la madrugada
en horrible procesión
desfilan al matadero
animales de prisión

Si supieras el gran mal
que comer carne provoca
nunca ensuciarías tu boca
con cadáver de animal

Si algún día el sufrimiento
te rasguñe el existir
tú no harías que otros seres
tuvieran tan cruel morir

Mas no es tarde aún
deten ya este sufrimiento
cambia tu alimento
cambialo por dios

 

sábado, junio 17, 2006

DETECTAR FALACIAS: FALACIA DEL ACCIDENTE



La falacia del accidente se produce cuando se confunde la esencia de la cuestión con una circunstancia relativa a la misma.

Vamos a ilustrar esto con un ejemplo. Muchos veganos y vegetarianos nos hemos encontrado con la siguiente afirmación:

“Hitler era vegetariano”

Esta frase se suele usar para arrogar al vegetarianismo cualidades propias del dictador y genocida, sugiriendo su vegetarianismo como algo representativo o clave para entender su persona. De este modo, todo vegetariano sería como Hitler en lo esencial, es decir, en los rasgos relevantes que le definen.

A parte de que existen fundadas dudas sobre el vegetarianismo de esta persona (en mi labor de documentación he encontrado confirmaciones y refutaciones de este asunto, pero ninguna prueba solvente), el hecho de que lo fuera no resulta relevante para la cuestión principal latente en la afirmación, que en este caso sería la bondad o maldad inherente al vegetarianismo (1).

El supuesto vegetarianismo de Hitler era una circunstancia de su vida como lo era no fumar o su rechazo al arte moderno, es decir, anécdotas que son independientes de sus ideas políticas o raciales, o que al menos no derivan directamente de las mismas.

Atribuir como esencial a un colectivo una cualidad que sólo conviene accidentalmente a algún individuo supone una traición al concepto, como sucede cuando definimos a los humanos "en general" como seres racionales y a los no-humanos como irracionales, cuando resulta que muchos humanos poseen menor capacidad de raciocinio que muchos no-humanos.

Esta falacia también se conoce como generalización precipitada, y mantiene una relación directa con la falacia del accidente. De hecho, la mayoría de las falacias del accidente se basan en generalizaciones a partir de accidentes de las cosas.

Resultaría fácil en este caso generalizar igualmente sobre la gran cantidad de dictadores y genocidas que se han paseado por la historia de este planeta siendo omnívoros, sin que ello signifique que todos los omnívoros se identifiquen con sus mismas cualidades. Esta sería una buena manera de hacer entender a quien presente esta afirmación con fines espurios lo falaz de su propuesta.


( artículo relaccionado: detectar falacias: introducción )


(1) este párrafo es una concesión, esto es, reconocer o rehusar refutar algo supuestamente relevante para la cuestión que se discute, manteniendo que pese a ello se sigue teniendo razón:

"Dices que Hitler era vegetariano, yo digo que no hay pruebas de ello, pero aunque lo fuera, eso no significa que el vegetarianismo sea algo malo"

La concesión es una especie de “salto a la garrocha” sobre el argumento del adversario.

DETECTAR FALACIAS: INTRODUCCIÓN



Se llama falacia a toda argumentación que contiene errores o tiene como fin inducir al error. Procede del latín fallatia, y significa engaño, y equivale en significado al término griego sofisma, que designa al argumento engañoso.

Ya se explicó en el artículo anterior que existen unos puntos de partida o premisas (frases que afirman o niegan algo) que se pueden presentar como axiomas o postulados (verdades auto-evidentes o muy fáciles de asumir) a partir de los cuales se puede articular el resto de la argumentación.

Por desgracia, es bastante normal toparse con toda suerte de falacias en las argumentaciones, ya sea por lo dudoso de los puntos de partida como por el desarrollo argumentativo que se hace a partir de ellos. Nosotros mismos, intentamos a menudo llevar a cabo demostraciones falaces, partiendo de premisas dudosas o apoyadas de forma parcial, sesgada o incompleta, de modo inconsciente o deliberado.

Resulta difícil detectar dónde están esas “trampas” para poder refutar debidamente lo que se presenta como cierto, o bien para dotar a nuestros razonamientos de solidez. Y es que, a efectos de una argumentación, tan importante resulta que el punto de partida sea verosímil, como que lo sea la argumentación que se crea en torno a él.

Por ejemplo, yo puedo pretender demostrar que no soy un ser humano, cosa que me costará dotar de verosimilitud por muy razonables que sean mis argumentos. Por lo mismo, puedo afirmar que ejerzo la abogacía, y tratar de demostrarlo rezando un padre nuestro, cosa que tampoco iba a resultar muy convincente para demostrar tal cosa.

Estos ejemplos tal vez sean muy extremos, pero salvando las distancias, son muchas las ocasiones en las que intentamos llegar a conclusiones sin fundamento o defendemos algo de modo erróneo.

También se explicó en otro artículo anterior por qué es importante ser fiel a la verdad, la relevancia ética de la misma, y que todo acto falto de ética implica una falta a la verdad. Pero además, independientemente de la cuestión ética de fondo, presentar una argumentación carente de falacias y saber detectarlas en las argumentaciones ajenas, dará solvencia a nuestros razonamientos y será todo un aval para no ser tan fácilmente engañados.

A partir de ahora comenzaré a explicar las falacias más comunes con las que nos podemos encontrar. En el siguiente artículo comienzo a explicar la primera de la que espero que se convierta en una larga lista, y una especie de mini-curso de detección de falacias para uso de veganos.

( artículos relacionados: "derechos simiescos", la iglesia dixit )

 

lunes, junio 12, 2006

AXIOMAS, VERDADES QUE ACEPTAN (CASI) TODOS



Debido a nuestra particular trayectoria evolutiva, los seres humanos hemos desarrollado la posibilidad de elegir de modo consciente y voluntario la mayoría de las acciones que confieren nuestra identidad. Es decir, podemos permitir que el pensamiento -con nuestros motivos, intenciones y fines- guíe nuestra forma de actuar, y no lo hagan nuestros impulsos como mero mecanismo de respuesta ante los estímulos.

Una pretensión típicamente humana es dotar a nuestras acciones de sentido, y que éste además sea comprensible por el resto de personas. Para ello nos vemos en la necesidad de descubrir qué es lo bueno, qué es lo malo, y si existe algún patrón para identificar lo uno y lo otro con carácter general, en nuestras acciones y en las de los demás.

Dado que bueno y malo son valoraciones, se necesita al menos un punto de partida para efectuarlas, pues igual que en geometría, no se pueden realizar acotaciones de ningún tipo si antes no contamos con un punto de referencia.

Esos puntos de referencia se conocen como axiomas y postulados. A partir de ellos se articulan los criterios éticos, que pretenden llegar a una demostración de bondad o maldad de los actos.

Existen axiomas que son auto-evidentes, como por ejemplo decir “la existencia existe”, “el todo es mayor que la parte”, que son verdades apodícticas, es decir, que no necesitan demostración alguna.

Otros axiomas, sin embargo, no son auto-evidentes. Se conocen como postulados, aunque convencionalmente se los puede llamar también axiomas.

Cada postulado puede dar lugar a un sistema deductivo diferente. Por ejemplo, se puede deducir que comer animales es intrínsecamente malo, argumentando que implica sufrimiento, y provocar sufrimiento es algo malo. Por lo tanto, tenemos que comer animales está mal, siempre y cuando aceptemos que el sufrimiento es algo malo per sé, que sería el postulado de partida.

"El sufrimiento es malo" no resulta auto-evidente, pero sí que resulta suficientemente intuitivo como para ser aceptado sin demasiados problemas por el común de la gente. Por supuesto, si alguien no acepta ese axioma como principio, no podrá aceptar finalmente ninguna maldad intrínseca en comer animales.

Otros axiomas que forman parte del ideario común en casi todas las culturas son los siguientes:

- es malo robar los bienes ajenos.
- hay que respetar la vida de los demás.
- no se debe mentir.
- etc.

Es decir, se suele aceptar como algo rechazable aquello que produce un perjuicio o agravio para nuestros semejantes. Esto se debe en gran medida a la empatía y la noción de reciprocidad tan propia de la mayoría de los miembros de nuestra especie, junto con la tradición, la herencia cultural o la genética.

Otro tema sería la incoherencia de aceptar estos axiomas sólo para con los animales humanos, que suele ser bastante habitual. Aunque tampoco ha de entrañarnos mucho a la vista de la falta de compromiso con los principios que se aceptan incluso hacia los de nuestra misma especie.

 

viernes, junio 09, 2006

DONDE NO LLEGAN LAS PALABRAS



Hoy he mirado por la ventana y he visto el mundo.

Después de esa magnífica y terrible visión, ¿cómo puede uno evitar que le zarandeen las emociones incontroladas? ¿Cómo dejar que algo que te rasga el corazón se quede contenido en una caja de razón y lógica? ¿cómo se puede ser sincero con uno mismo desbrozando la vida de aquello que le da sentido?

He cerrado la ventana.

Me he metido en mi ordenador y me he puesto a escribir cosas, pensamientos de otras personas, muy profundos y difíciles de comprender, que dicen cómo hay que hacer las cosas y por qué. Entonces me he preguntado: ¿Cuánto vale una vida más allá de las palabras? ¿Qué precio puede tener que no valga una mirada tranquila, limpia de otra cosa que no sea respeto y reconocimiento ante algo que es mucho más grande de lo que uno pueda llegar nunca a comprender? ¿Cuánto vale mi vida, mi propia vida, y cuánto vale la de los demás?

He dejado de escribir lo que escribía.

De pronto me dí cuenta de que nada de lo que pusiera carecía de verdadera importancia. ¿Cómo puedo traducir a palabras algo que sale del alma? ¿Cómo puede alguien dejar el corazón a un lado y presentar así cualquier cosa, y pretender un mundo mejor? ¿Qué motivo solvente, contundente, ineludible, existe para poder hacer que abra los ojos aquél que quiere seguir dormido?

No quiero seguir escribiendo.

Hoy ya es suficiente. Me quedo con muchas dudas que espero que resposen en el corazón en lugar de removerse en la mente. Hoy el filósofo duerme. Queda despierto el humano, de carne y hueso, con sus incoherencias, sus preferencias, sus duelos y sus miserias. Hoy habla el ser humano. El animal.