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lunes, mayo 01, 2006

PREGUNTA DIFÍCIL: ¿EL NIÑO O LA RATA?


A los que defienden la igualdad animal a menudo se les plantea un falso dilema, elevado a la categoría de cuestión vital.

"elije, ¿el niño o la rata?"

Traducida, significa que si consideramos que la vida de un rattus norvegicus vale tanto como la de un homo sapiens.

Al recibir esta pregunta, es posible que uno no tenga ganas de entrar en estas cuestiones -o que no le apetezca hacerlo de este modo-, en ese caso basta con responder al interlocutor que no hay ninguna necesidad de elegir entre el uno o el otro. Y si insiste, responder sencillamente "no lo sé."

Si por el contrario nos interesa profundizar en ello, uno debería estar en disposición de defenderlo de un modo coherente, y sobre todo, tener claro el porqué de esa elección y asumirlo con firmeza. Detrás de este tipo de preguntas rara vez suele haber otra intención que no sea desprestigiar al vegano que lo defiende, y de rebote a su filosofía de vida. Por eso hay que estar preparado, o si no mejor eludir la cuestión.

Existen dos posturas: algunos veganos piensan que uno de los dos grupos (el humano o el no-humano) debe preponderar por encima del otro -sea por las razones que sea-, otros veganos consideran que los animales, indistintamente de que sean humanos o no humanos, deben tener igual derecho a la vida y la libertad.

Lo habitual en este último caso suele ser basarse en la capacidad de sentir como motor que genera intereses -entre ellos el de querer vivir- como criterio de peritaje sobre el valor de una vida u otra. Si uno no quiere perder la vida y entiende que una rata tiene ese mismo deseo en una calidad similar a la suya, es normal que considere un trato de equidad en base a ese entendimiento, y por ende no tenga clara la elección entre ambos individuos.

Sin embargo, a parte de la capacidad de sentir, uno se puede hacer otras preguntas que pueden ser relevantes para tomar esta decisión. Se me ocurren principalmente estos dos:

1. si la capacidad de sentir de estos dos individuos (el rattus norvegicus y el homo sapiens) es lo único que les define éticamente.
2. si los posibles efectos derivados de salvar una vida o la otra deben ser también considerados.

Para el 1º punto, seria importante preguntarse si la capacidad de sentir similar es la que genera intereses similares, o si los intereses –en este caso la intensidad de ganas en vivir- no dependen de otros factores añadidos.

Si nos ajustamos al dolor o al placer la cosa esta muy clara, pues parece que un rattus norvegicus y un homo sapiens en eso son iguales. Pero esto supone dejarse por el camino muchos matices que conforman esas sensaciones, dado que si bien la intensidad de las sensaciones es igual (o muy similar), no así la variedad y entendimiento de las mismas, que dependiendo del individuo será mayor o menor, y no solo entre especies, ya que también dentro de una misma especie existen diferentes sensibilidades y capacidades cognitivas, así como diferentes ganas de vivir.

También se pueden valorar otras cosas como por ejemplo la posibilidad de experimentar sensaciones placenteras durante mayor o menor tiempo. Si un individuos -sea de la especie que sea- tiene una esperanza de vida de 50 años, y otro de solo 2 años, éste podría ser un factor a valorar, porque el balance de años de disfrute es diferente de un caso a otro. También podemos valorar si al individuo que tiene mayor esperanza de vida le esperan penurias o tiene pocas posibilidades de sobrevivir como otro factor a añadir a la ecuación.

Para el 2º punto, deberíamos preguntarnos si debemos responsabilizarnos de los actos que realice otro individuo diferente de uno mismo. Si ciframos el acto en función de sus consecuencias -cosa bastante normal- podemos llegar hasta el punto de valorar esto, pues de salvarle la vida a uno u a otro también se derivan unos efectos colaterales u otros.

Por ejemplo, si salvo la vida de un zorro, es muy posible que este individuo se coma a las gallinas de un corral. Aunque no es tan sencillo como eso: si le salvo, puede comerse a las gallinas, o puede que no lo haga y muera, y si muere puede que no deprede a otros animales que a su vez son depredadores de otros animales, y al no estar él para depredarles, estos animales sobrevivirán y cazaran a otros animales, etc.

Parece que hagamos lo que hagamos esto va a traer consecuencias de las que podemos decidir responsabilizarnos o no. Si lo hacemos, nos encontramos con la imposibilidad de llevar a cabo el cálculo preciso de los efectos colaterales de un modo fiable como para obtener una certeza ética suficiente. Cuantos mas factores especulativos entran en juego, más aumenta el riesgo de equivocarnos en nuestra valoración.

Además, existen toda una serie de motivaciones emocionales que son difícilmente justificables a nivel ético que también operan en nosotros de modo decisivo, así que muy probablemente nuestra decisión racional no se correspondería con nuestra reacción de tipo emocional en una circunstancia como esa.

De modo que las implicaciones profundas de esa pregunta no sólo son difíciles de ser valorar en en un plano teórico, sino que ni siquiera tenemos la certeza de que la respuesta que obtubiéramos se ajustara a lo que haríamos en la realidad, de producirse ese remoto caso.

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