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sábado, abril 15, 2006

ANÉCDOTA: UNA LIBRETA EN LA ACERA


Esta semana pasada encontré una libreta en el suelo de la calle. Volvía del trabajo en la bici y la vi debajo de un banco, en un parque que hay camino de mi casa. Paré la bici para recogerla. Era una libreta pequeña con un corazón en la portada, y por dentro estaba llena de direcciones, números de teléfono, códigos pin y puk, citas, recordatorios y ese tipo de cosas.

Deduje que su dueña (di por hecho que pertenecía a una mujer) la había perdido, pues estaba debajo de un banco y eso era un indicio de que podía habérsele desprendido del bolsillo estando sentada. Además, de haber sido deliberado no la hubiera dejado a la vista de cualquiera, siendo que contenía información privada.

Si yo perdiera algo me gustaría que quien lo encontrara me lo devolviera, asi que traté de ser coherente y decidí llevarme la libreta a mi casa con la intención de contactar con su dueña para entregársela. Desde luego no era mi obligación, y perfectamente podría haberla dejado allí y quedarme tan ancho, pero actué así porque me pareció lo más correcto.

Es posible que también me motivara emocionalmente el reto de encontrar a su dueña, ya que la monotonía de la vida diaria te lleva a valorar estas cosas como pequeñas aventuras que rompen con lo cotidiano. En cualquier caso, llegué a casa y llamé a uno de sus contactos para explicarle la situación, con la esperanza de que conociera a alguien que hubiera perdido una libreta. Contestó una señora que no conocía a nadie que hubiera perdido nada, pero accedió a recoger el objeto e investigar quién de entre sus amistades y conocidos podría haberla perdido. Quedé con ella en su portal para hacerle la entrega esa misma tarde.

Yendo de camino a su dirección me dio por ojear más detenidamente el contenido de la susodicha libreta. De pronto, observando las últimas páginas advertí que había escritas a bolígrafo una colección de recetas de cocina con animales, a saber: pollo con patatas, albóndigas, pescado al horno… En ese momento me sentí confuso, y por un momento dudé si estaba haciendo lo correcto ayudando a una persona a recuperar un recetario especista. Enseguida supe lo que tenía que hacer y no dudé en hacerlo: arranqué todas las hojas que contenían recetas con animales, además de varias listas de compra que incluían cadáveres y las tiré. Como añadido, rellené el resto de hojas en blanco que le quedaban con proclamas del tipo “hazte vegetariano”, “los animales quieren vivir”, “a ti no te gustaría acabar en el plato de nadie”, con letra grande y subrayada. Me pareció que ya que había quitado algo, las recetas, lo más justo era poner algo valioso en sustitución, en este caso un mini-curso de ética hacia los animales no-humanos.

De las recetas tan sólo mantuve dos, una sopa de lentejas y unos espaguetis sin ingredientes animales.

Llegué al portal y en lugar de avisarla por el portero automático dejé directamente la libreta en su buzón. Al día siguiente, la señora me llamó para avisarme que ya había encontrado a su propietaria -una amiga suya- y así agradecerme el detalle, y decirme que muy amable, que ojalá todo el mundo fuera como yo, y todas esas cosas. Perfectamente. Ya descubrirá mi particular aportación. Adiós, y que usted y su amiga lo pasen bien. Y a ser posible, sin utilizar animales, que tampoco es tan difícil.

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